Esta frase la escuché hace muchos años de boca de un maestro Zen, sin embargo tuvo que pasar mucho tiempo para que yo alcanzara a comprender el significado de esta frase.Tuve que recibir muchos tipos de golpes, para aprender el arte de vivir conforme a la vida misma.
Debí haberme percatado desde el momento en que observé que al practicar la meditación zen, si no tenía la columna vertebral recta, podía solicitarle al Maestro que me golpeara con su vara de bambú en mi espalda. Esto en un comienzo me parecía bastante absurdo, máxime cuando yo estoy en contra del maltrato. Pero a pesar de esta práctica aparentemente brutal y salvaje, y además dentro de un ámbito tan sublime como es la meditación, el golpecito tenía su efecto haciendo no solo enderezar la espalda de quien se lo solicitase al Maestro, si no que a pesar del dolor, después se producía un efecto relajante, vaya que paradoja!!!
Otro ejemplo, del dolor que causa el proceso de aprender a vivir feliz, lo escuché de un amigo, quien relataba la historia de una persona que se le había enterrado un clavo en su trasero, cuando se sentó accidentalmente, en una silla que tenía un clavo salido. Por lo cual se quejaba constantemente del dolor que sentía. Esta persona deseaba liberarse del dolor pero sin tener que pasar por el dolor de librarse de él. Este trabalenguas es muy sencillo de entender. Cuando la gente le decía que se levantara de la silla y se soltara del clavo, esta persona contestaba que le iba a doler mucho mientras se lo sacaba y por eso le daba miedo quitárselo. Cuantos de nosotros llevamos un clavo enterrado que nos duele pero nos da miedo quitárnoslo, pues su proceso de extracción puede ser doloroso. Cuantos seres humanos hay, que se han atrevido a sacarse el clavo, luego se han curado la herida y se han liberado de ese dolor para siempre.
Estos dos ejemplos muestran como el dolor es necesario, solo cuando lo necesitamos y que lo podemos superar siempre que lo deseemos.
La mayor parte de nuestra vida nos la pasamos quejando de que nuestros deseos no se cumplen y que todo nos sale mal. En realidad, toda la vida nos la pasamos teniendo dudas de nuestros propios deseos o deseando lo que nos da miedo desear.
Yo era muy exigente conmigo misma y con los demás, siempre me proponía realizar hazañas bastante inalcanzables, pues por un lado creía que era capaz de hacer todo lo que me proponía, y por otro lado me ponía el listón tan alto que era casi imposible realizar semejante epopeya. Así, que al final, no lograba la meta propuesta y me sumía en un laberinto de depresión y de baja autoestima.
Yo misma me tendía la trampa, y caía redondita dentro de ella. Era toda una experta. Era una depredadora de mi misma.
Tuve que tocar fondo para darme cuenta que yo misma tenía la responsabilidad de lo que me estaba sucediendo.
Me di cuenta que era una perfeccionista compulsiva y ese comportamiento no me daba margen para equivocarme, ni para aprender. Pues mis deseos siempre estaban bastante alejados de la realidad.
Cuando me di cuenta de que mi vida no marchaba bien. Tuve que parar. Tuve que tomarme un tiempo. Durante este retiro (que no fue irme de ermitaña a una cueva) me dediqué a mi misma; pero para quien no me conociera antes, parecía que estaba holgazaneando, pero para mi, estaba muriendo y volviendo a nacer.
Dejé de desear lo inalcanzable, dejé de tener expectativas sobre mis deseos. Empecé a aprender a ni desear y, a ni no desear (...aún estoy aprendiendo).
Todo comenzó cuando me rendí, cuando deje de luchar contra mi misma. Yo era mi peor enemiga y cuando me vencí a mi misma, el juego de ajedrez quedó en tablas. Pues mi enemiga me venció y yo vencí a mi enemiga, yo me rendí y ella también se rindió. Todo sucedió al mismo tiempo. Aunque no puedo determinar cuanto tiempo tardé en darme cuenta, pues el tiempo se vuelve intemporal durante estos procesos, no se si me llevó una hora, un día, una semana, un año, una década… lo que si puedo asegurar, es que se dio simultáneamente al mismo tiempo.
Durante este proceso de renacimiento, salió a la luz todo lo positivo y todo lo negativo de mi misma, tuve que reconocer mis virtudes y mis imperfecciones. Pues al fin y al cabo mi idea de la perfección estaba bastante distorsionada. La perfección se había convertido en un demonio, en un monstruo que distaba bastante de la verdadera perfección.
Por ejemplo, siempre quise ser escritora, pero nunca me había atrevido a compartir mis escritos, pues no me parecían lo suficientemente buenos, ya que no alcanzaban el listón de perfección en que yo vivía sumergida. Ahora, ya no tengo el deseo de aparentar que soy una genial escritora, solo deseo compartir mi experiencia contigo, a través de la escritura, otros lo hacen a través de la música, o de la pintura, o de cualquier otro modo de expresión.
Estoy aprendiendo a amarme y a aceptarme a mi misma, apenas estoy comenzando, no se cuanto tiempo me lleve, pero ahora ya tengo una herramienta: “estoy siendo consciente del mundo de los deseos y de las expectativas”, intento no esperar más de lo que soy capaz, intento no esperar de los demás más de lo que son capaces. Pero esto no significa que ya no espero nada de la vida, al contrario, ahora empiezo a comprender la diferencia entre “ni desear ni no desear”.
Autora: Faro de Luz





